Existe una ciudad costera en el oeste de Marruecos llamada Essaouira. Habitada por cartagineses y fenicios desde el siglo V a.C., esta pequeña urbe se sitúa en un puerto natural rodeado de pequeñas islas que le confieren un emplazamiento estratégico para el comercio y para la protección de las flotas pesqueras contra los fuertes vientos que soplan desde el Océano Atlántico. Disputada a lo largo de los tiempos por romanos, bereberes y almorávides, en el siglo XV los portugueses la conquistan y empiezan a construirse las primeras fortificaciones. Posteriormente, tras la Batalla de los Tres Reyes en 1578, la ciudad cae definitivamente en poder árabe por la dinastía alauí, y en 1764 se reforma completamente dándole el aspecto actual.
Esta breve introducción histórica intenta explicar la evolución que sobre el urbanismo de una ciudad provocan las sucesivas conquistas por parte de diferentes imperios o culturas. Essaouira es una de las ciudades más bonitas que he visto en mi vida. Es decadente, los edificios tienen las paredes desconchadas, las calles no están asfaltadas, la habitación del riad donde nos alojamos tenía "pequeños invitados" que no habían pagado la noche, los mercados venden productos que dudo mucho pasen alguna medida sanitaria (a no ser que se descubra que la carne se mantiene mejor en la calle bajo el sol y el calor que en un frigorífico)... y sin embargo volvería allí siempre que pudiera. Porque pasear bajo las arcadas de sus callejuelas cubiertas es como viajar en el tiempo. Descubrir los talleres orfebres escondidos en reductos al final de un oscuro túnel, encontrar una carpintería tradicional en la que se trabaja la madera de tuya o pasear por las calles de la medina es un auténtico placer para todos los sentidos. Es una ciudad que conserva su esencia intacta, esa mezcla de culturas que hacen cualquier lugar tan fascinante.
Porque la arquitectura de Essaouira no se puede definir como marroquí; es eclecticismo puro. Las viviendas más expuestas al mar parecen mediterráneas, con sus paredes encaladas y sus ventanas de madera. Los edificios de los consulados europeos recuerdan a la arquitectura colonial que se puede encontrar en Sudamérica o, en menor medida, en ciertos lugares de Cádiz. El interior de la ciudad presenta la típica estructura urbanística árabe de callejuelas estrechas y enrevesadas que parece que no conducen a ningún lugar. Existen plazoletas con forma de claustro en las que hay unidas viviendas tradicionales árabes, con sus minúsculas ventanas al exterior y sus acogedores patios interiores, con arquitectura gótica europea, con interiores en los que descubres arcos de medio punto en espacios que otrora contuvieron iglesias u otros lugares de culto.
De todas formas, no hay que olvidarse que Essaouira se está transformando en una ciudad turística. Tiene una de las playas más limpias y espectaculares que he visto, y alrededor de ella se van construyendo hoteles de diferentes cadenas intenacionales, fuera del recinto amurallado de la ciudad antigua. Aún así, muy cerquita de aquí podemos encontrar lugares en los que todavía la especulación salvaje que ha transformado nuestro Mediterráneo en los últimos 50 años no los ha destrozado. Aquí, en España, preciosos pueblos de pescadores, como Peñíscola, Calpe, Altea y tantos y tantos otros, han visto cómo su territorio se ha invadido por miles y miles de construcciones levantadas sin ningún apego al lugar ni al entorno ni a la historia; simplemente apegadas al afán de ganar dinero de cualquier manera. Lugares horripilantes como Marina d'Or se han convertido en incomprensibles destinos turísticos cuya historia es la de la corrupción urbanística y toda la ilegalidad descubierta y la que queda por descubrir. Y todavía me cuesta entender cómo se ha podido llegar a todo esto.
Pese a todo, todavía tenemos estos refugios naturales a la esencia humana que perdurarán con el tiempo. Si esta ciudad ha resistido asaltos y asedios, espero que pueda con la invasión que durante los próximos años le espera. Mientras tanto, podremos comer pescado recién sacado del agua y disfrutar de una de las puestas de sol más espectaculares que pueden admirarse.
Esta breve introducción histórica intenta explicar la evolución que sobre el urbanismo de una ciudad provocan las sucesivas conquistas por parte de diferentes imperios o culturas. Essaouira es una de las ciudades más bonitas que he visto en mi vida. Es decadente, los edificios tienen las paredes desconchadas, las calles no están asfaltadas, la habitación del riad donde nos alojamos tenía "pequeños invitados" que no habían pagado la noche, los mercados venden productos que dudo mucho pasen alguna medida sanitaria (a no ser que se descubra que la carne se mantiene mejor en la calle bajo el sol y el calor que en un frigorífico)... y sin embargo volvería allí siempre que pudiera. Porque pasear bajo las arcadas de sus callejuelas cubiertas es como viajar en el tiempo. Descubrir los talleres orfebres escondidos en reductos al final de un oscuro túnel, encontrar una carpintería tradicional en la que se trabaja la madera de tuya o pasear por las calles de la medina es un auténtico placer para todos los sentidos. Es una ciudad que conserva su esencia intacta, esa mezcla de culturas que hacen cualquier lugar tan fascinante.
Porque la arquitectura de Essaouira no se puede definir como marroquí; es eclecticismo puro. Las viviendas más expuestas al mar parecen mediterráneas, con sus paredes encaladas y sus ventanas de madera. Los edificios de los consulados europeos recuerdan a la arquitectura colonial que se puede encontrar en Sudamérica o, en menor medida, en ciertos lugares de Cádiz. El interior de la ciudad presenta la típica estructura urbanística árabe de callejuelas estrechas y enrevesadas que parece que no conducen a ningún lugar. Existen plazoletas con forma de claustro en las que hay unidas viviendas tradicionales árabes, con sus minúsculas ventanas al exterior y sus acogedores patios interiores, con arquitectura gótica europea, con interiores en los que descubres arcos de medio punto en espacios que otrora contuvieron iglesias u otros lugares de culto.
De todas formas, no hay que olvidarse que Essaouira se está transformando en una ciudad turística. Tiene una de las playas más limpias y espectaculares que he visto, y alrededor de ella se van construyendo hoteles de diferentes cadenas intenacionales, fuera del recinto amurallado de la ciudad antigua. Aún así, muy cerquita de aquí podemos encontrar lugares en los que todavía la especulación salvaje que ha transformado nuestro Mediterráneo en los últimos 50 años no los ha destrozado. Aquí, en España, preciosos pueblos de pescadores, como Peñíscola, Calpe, Altea y tantos y tantos otros, han visto cómo su territorio se ha invadido por miles y miles de construcciones levantadas sin ningún apego al lugar ni al entorno ni a la historia; simplemente apegadas al afán de ganar dinero de cualquier manera. Lugares horripilantes como Marina d'Or se han convertido en incomprensibles destinos turísticos cuya historia es la de la corrupción urbanística y toda la ilegalidad descubierta y la que queda por descubrir. Y todavía me cuesta entender cómo se ha podido llegar a todo esto.
Pese a todo, todavía tenemos estos refugios naturales a la esencia humana que perdurarán con el tiempo. Si esta ciudad ha resistido asaltos y asedios, espero que pueda con la invasión que durante los próximos años le espera. Mientras tanto, podremos comer pescado recién sacado del agua y disfrutar de una de las puestas de sol más espectaculares que pueden admirarse.


















